MatDelRincón

En un momento de mi niñez, mi patio tenía arena y gravilla, también algunos animales de granja, lo recuerdo con gran cariño; jugaba, me arrastraba hasta romper los pantalones, ensuciar mis zapatos y resecar mis manos hasta partir la piel. Todo lo recuerdo sin pena.
Preciso que el patio estaba lleno de arena y gravilla porque compartíamos ese espacio con mis abuelos y tíos, y tanto mis tíos como mi papá construían, cada uno, sus respectivas casas en las que finalmente habitamos cada familia.
Así pasé una parte de mi infancia, divirtiéndome de esa forma y estaba seguro de que todos los niños lo hacían así, arrastrándose en sus patios hasta el regaño de los padres, esto que relato me parecía una actividad generalizada.
Pero un día invité a jugar a mi casa a buen amigo que tenía en la escuela pública en la que estudié la primaria, esto a principios de los años 80, y muy seguido pasaba por las afueras de su casa pues además éramos vecinos; me parecía que era de familia acomodada pues la casa de sus padres era grande, de dos niveles, con grandes ventanales y vidrios “ahumados” así les llamaban, y adornados por grandes cortinas.
Su puerta era de rejas y dejaba ver un auto “Chrysler Le baron” color vino y a la izquierda de su entrada se veía un pequeño y cuidado jardín con un gran rosal blanco.
Así pues, invité en más de dos ocasiones a ese buen amigo para jugar “carreterita” “canicas” o a construir cuevas en la arena que tenía en el patio.
Un día por la mañana, recuerdo que me confirmó que por fin iría a jugar, que su mamá ya le había dado el permiso de ir y ahí estaba yo esa tarde en mi patio, arrastrando las rodillas en el piso con arena, quizás jugando carreterita o canicas,no lo recuerdo con claridad, esperando a ese amigo que nunca llegó.
Al día siguiente me dijo con esa inocencia que aún se tiene en tercero de primaria:“Sí fui a tu casa para jugar, pero mi mamá antes de tocar la puerta se asomó por un espacio del zaguán y vio que estabas en el patio, en el piso, en la arena y ya no quiso que me quedara, nos regresamos a nuestra casa”.
No recuerdo si le platiqué eso a mi mamá, pero en ese momento no entendí qué fue lo malo, pero desde hace varias décadas de ese pasaje de mi vida lo entendí y quien lea esto lo entenderá también a su manera.
Insisto, mi infancia fue maravillosa, jugué en un patio con arena y grava en el que también desfilaron perros, gallinas que ponían huevos e incubaron sus polluelos, guajolotes, palomas, recuerdo de manera confusa también a un puerco que a la postre sirvió como alimento, fui testigo de cómo mi abuelita y tías preparabantamales, mole en molcajetes, hacían tortillas en comal y del esfuerzo de mi papá para construir una bonita casa, con esa tierra y gravilla en la que me arrastraba para jugar y que fue motivo para cancelar un momento de juego con ese buen amigo de la primaria y aún me divierte recordar esas tardes, también con mi hermano, arrastrándonos en ese patio con arena y gravilla.


