
MatDelRincón
Aprender, luminosa palabra
que todos presumimos entender.
¿Caminando por la verdad? ¿Aprendimos a amar?
¿a mirar? ¿a vivir?
¿Estamos dispuestos a aprender?
Estamos dispuestos a aprender y disfrutar el silencio
que Pitágoras definía como
el comienzo de la sabiduría.
Aprender a gozar
de una grata compañía,
de un hermano,
un amigo
y de un posible gran amor.
Aprender a vivir y sentirse amado,
ese placer de mirar un hermoso par de ojos,
miradas que expresan lo que no
se puede decir con palabras.
Vivir en soledad, más no en el abandono,
perseguir sueños iluminados por el deseo
de caminar en libertad; de no temerle a la noche;
enfrentar a la vida con la antorcha
que busca destruir ese tic-tac del reloj,
detener esa locura del paso rápido del día
y el lento paso de la noche.
Aprender a aceptar que, a veces,
la soledad es un inmenso cuarto
donde el eco se busca imponer,
las sombras acechan los movimientos
y los temores devoran los pensamientos.
Aprender a deshacer los nudos,
los nudos en la garganta que detienen las palabras,
los nudos en los pies que detienen los pasos,
los nudos en las mentes que sujetan las ideas,
los nudos del orgullo que bloquean
ese flujo de la felicidad en pleno.
Aprender de la vida,
de lo que fue y ya no es,
de lo que hay y no nos pertenece,
de lo que sí nos pertenece
y nos negamos a tomar.
En fin, aprender a aprender,
a gozar todos los días, confiar en el azar,
algunos en ese Divino Misterio que es Dios.
Aprender a dormir buenas y bendecidas noches
y luego otra más y una más,
ver marchar la vida, abrazar más;
mirar, sentir y amar lo que nos corresponda,
esa bendición que representa un día más.


