El ritual de las tres de la mañana


Felipe de Jesús González Castañeda


A los 61 años, mi reloj interior decidió regresar a una vieja costumbre: despertar a las tres de la mañana. No es casualidad, ni tampoco un capricho. En los años ochenta, cuando estudiaba en la universidad, esa era la hora en que sonaba mi despertador. No había internet, no existían los resúmenes digitales ni el “copiar y pegar”. Era leer o era leer. Y a esa hora, entre el silencio y la penumbra, encontraba la concentración perfecta para redactar ensayos, preparar tareas y sumergirme en los libros que parecían interminables.

Hoy, décadas después, la rutina ha vuelto. El cuerpo recuerda lo que la mente había olvidado. Y aunque he escuchado advertencias sobre las señales de salud —el insomnio como síntoma de estrés, la alteración del ciclo circadiano, la posible relación con hipertensión o ansiedad—, también he comprobado que este despertar trae consigo un espacio de calma y productividad que pocas horas del día ofrecen.

El ambiente a las tres de la mañana tiene algo de escenario literario. La ciudad duerme, los relojes parecen detenerse y uno se convierte en testigo de un tiempo suspendido. Pero también hay hechos concretos: estudios médicos señalan que entre las 2:00 y las 4:00 de la madrugada el cuerpo atraviesa fases profundas de sueño, y despertarse en ese lapso puede ser reflejo de alteraciones metabólicas o de cambios hormonales. Sin embargo, quienes logran transformar ese instante en un hábito creativo, encuentran un terreno fértil para la lectura, la escritura o incluso para ponerse al día con películas que quedaron pendientes.

El silencio absoluto es un recurso narrativo y periodístico. No hay llamadas, no hay correos, no hay ruido de la calle. Solo la respiración y el roce de las páginas. En ese vacío sonoro, las ideas fluyen con una claridad que durante el día se ve interrumpida por la prisa y las obligaciones. Es un tiempo que se convierte en un refugio, un espacio íntimo donde la disciplina se mezcla con la memoria.

Así, las tres de la mañana siguen siendo una hora perfecta. No porque lo diga la ciencia, ni porque lo dictan los relojes biológicos, sino porque en ese instante se abre un mundo paralelo: el de la concentración absoluta, el de la nostalgia por los años universitarios, el de la certeza de que leer y escribir siguen siendo actos de resistencia frente al ruido del mundo.

El club de las tres

Jorge Luis Borges, célebre insomne, escribió: “El insomnio es un estado en el que el hombre está entregado a su propia conciencia, sin defensa”. Esa frase podría ser la contraseña tácita de un círculo invisible. Porque en la madrugada, sin defensas, la mente se expone a sus recuerdos, a sus pendientes, a sus deseos de creación.

Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿será que a las tres de la mañana solo estoy despierto yo, o habrá otros que también se levantan a leer, escribir o mirar una película pendiente?

Quizá sea hora de organizar el club de las tres, un espacio compartido por quienes descubren que la madrugada no es un problema, sino un territorio de creación y compañía.

 Felipe de Jesús González Castañeda es periodista y comunicador con una amplia trayectoria en medios, comunicación institucional y análisis de la realidad social.