El duelo silencioso

Familiares de sobrevivientes de Evento Vascular Cerebral

Por: Felipe de Jesús González Castañeda


Han pasado 10 meses desde aquel día en que la vida cambió para siempre. Mi esposa sobrevivió a un Evento Vascular Cerebral y, aunque la palabra “supervivencia” suena a victoria, detrás de ella se esconde un proceso complejo que también nos transforma a quienes acompañamos. Descubrí que el camino del duelo no solo pertenece a quienes pierden a alguien, sino también a quienes enfrentan la pérdida de lo que era, de las funciones, de la cotidianidad y de la persona tal como la conocíamos.

Al inicio, lo primero que pensé fue: “Esto no puede ser, seguro se recuperará rápido”. Me aferraba a la idea de que todo volvería a la normalidad. En las visitas al hospital, miraba sus ojos y buscaba señales de que estaba “igual que antes”. La negación era un mecanismo de defensa: me protegía del shock, pero también me impedía aceptar la magnitud del cambio.


Con el tiempo, la frustración apareció. Me enojaba con los médicos por no dar respuestas claras, conmigo mismo por no haber prevenido lo inevitable, con la vida por ser tan injusta. La ira era un fuego interno que me hacía sentir culpable, pero también me recordaba que estaba vivo, que necesitaba sacar la fuerza para seguir acompañando.


En las noches, me sorprendía haciendo “tratos” con Dios o conmigo mismo: “Si hago todo lo posible, si busco más terapias, si no me rindo, quizá vuelva a caminar, quizá vuelva a hablar”. Era la mente intentando recuperar el control, buscando segundas opiniones, explorando opciones nuevas, fantaseando con regresar a como era antes. Era esperanza, pero también ansiedad.


Llegó un momento en que entendí que la pérdida era real: ya no volvería a ser exactamente la misma persona. Entonces apareció la tristeza profunda, el llanto sin razón, el agotamiento. Extrañaba las conversaciones largas, las caminatas compartidas, las pequeñas rutinas que daban sentido a los días. La depresión era el peso de la ausencia, pero también el inicio de comprender la profundidad de lo que había pasado.


Con el tiempo, aprendí que aceptar no es estar feliz de lo ocurrido, ni dejar de sentir tristeza. Es dejar de nadar contra corriente. Es reconocer la nueva realidad y empezar a adaptarse: celebrar cada palabra recuperada, cada paso dado, cada sonrisa que vuelve a aparecer. La aceptación es encontrar nuevas maneras de vivir el día a día, con gratitud por lo que permanece y esperanza en lo que aún está por florecer.


Acompañar a un sobreviviente de EVC es vivir un duelo distinto: no se trata de despedirse de una persona, sino de aprender a convivir con una nueva versión de ella y con una nueva versión de nosotros mismos. Cada etapa que experimenta el familiar de una persona sobreviviente es un espejo de nuestra vulnerabilidad y de nuestra capacidad de amar.


Hoy con la ayuda de una terapia para familiares, conducida generosamente por la psicóloga Ana Sofía Guajardo y con la eficaz asesoría de la maestra Sofía Sánchez López-Santibáñez: escuchando otras historias,  estoy aprendiendo que el duelo no es solo dolor: es también transformación. Nos enseña que la vida, incluso en medio de la pérdida, puede seguir siendo tremendamente bella y que la esperanza se construye paso a paso, palabra a palabra, gesto a gesto.


 


Felipe de Jesús González Castañena, es periodista y comunicador con una amplia trayectoria en medios, comunicación institucional y análisis de la realidad social.